jueves, 16 de junio de 2011

El 15 M

por Juan Diego García


El movimiento iniciado el 15 de mayo pasado en España despierta todo tipo de reacciones, desde quienes saludan esta iniciativa como la respuesta más adecuada a la crisis actual hasta aquellos que ven tras bambalinas oscuras fuerzas manipulando el descontento general e intentando canalizarlo (y no precisamente desde la izquierda).

Su composición social es muy diversa y aunque inicialmente se trataba de algunos grupos de jóvenes afectados por la falta total de perspectivas, de forma creciente se han ido agregando otros colectivos, asi que hoy aglutina un amplio espectro de víctimas del desempleo, los bajos salarios, las pensiones reducidas y amenazadas, la falta aguda de vivienda y otras causas que sumadas van conformando un panorama de reivindicaciones que interesan prácticamente a la mayoría de la población. A excepción de la derecha política y sus medios de comunicación, los pequeños comerciantes que se dicen afectados por las acampadas que supuestamente disminuyen sus ventas y algunos policías de Barcelona que se manifiestan defraudados por no haber podido golpear con más contundencia a los congregados en la Plaza de Cataluña, parece ser que para la ciudadanía en general la protesta no solo es justa y bien recibida sino que recoge el desaliento general, la decepción por la política y el sentimiento de incertidumbre que provoca un futuro tan poco claro como el actual.

El 15 M resulta revolucionario por su impacto aunque no necesariamente por su programa. En realidad, revisando una a una sus reivindicaciones se puede constatar que ninguna de ellas es original de los acampados ni va más allá de la reforma del sistema actual, algo que contrasta con su consigna principal que aboga por una democracia efectiva. Ocurre sin embargo que en medio de una situación política como la actual, las reivindicaciones levantadas aunque tengan tan solo un contenido reformista se convierten casi en subversivas pues ponen en tela de juicio la capacidad misma del orden social vigente para establecer un modelo de sociedad en el cual las necesidades básicas de las personas estén garantizadas. En otras palabras, el desmonte del Estado de Bienestar (las actuales “reformas”), la creciente limitación de los derechos ciudadanos (al abrigo de la “guerra contra el terror”) y el crecimiento amenazante de un nuevo fascismo (la ultra derecha que ya forma parte de algunos gobiernos en el continente) aparecen cada vez con mayor claridad como manifestaciones naturales del mismo sistema, como resultados propios de un capitalismo que sería por tanto incapaz de resolver sus propias contradicciones y - como antaño - estaría llevando a la anulación progresiva de la democracia burguesa, a las crisis que de cíclicas parecen convertirse ya en la forma permanente del funcionamiento de la economía y alimentando los nubarrones de las guerras imperialistas que en esta ocasión, antes que enfrentar a los países ricos unos contra otros, llevan la muerte y la destrucción a la periferia del sistema, como en los peores tiempos del colonialismo clásico.

Lo cierto es que este movimiento (aunque no lo reconozca) recoge las propupuestas de la izquierda política española (Izquierda Unida, por ejemplo), de diversas corrientes del ecologismo, las reivindicaciones de género y otras similares que en las últimas décadas se han venido formulando en el fragor de la lucha contra la ofensiva neoliberal. Se destaca la crítica a fondo del sistema electoral con todas las limitaciones que consagra en España un bipartidismo asfixiante que excluye a la izquierda de inspiración marxista y conforma unas instituciones parlamentarias con un peso sobredimensionado de la derecha y los nacionalismos burgueses. El 15 M expresa la indignación ciudadana por la corrupción y la impunidad que favorece a los grandes capitalistas y sus representantes políticos, por la degradación de la política y sobre todo, por el papel de los grandes grupos de intereses nacionales y extranjeros que son quienes toman las decisiones importantes por encima de las instacias parlamentarias y para los cuales el poder político actúa como fiel guardian y obsequioso protector. ¿Qué democracia puede existir si el voto de un banquero vale en la práctica mucho más que el de millones de ciudadanos? ¿Para qué una democracia representativa si las decisiones que importan ni expresan el sentir general ni se toman en el parlamento sino en las juntas directivas de los grandes consorcios?.

La denuncia airada del paspel de los centros financieros contrasta sin embargo con la muy escasa exigencia sobre el gasto militar (un escuálido renglón, al final del programa del 15 M) del que solo se pide su reducción. Y llama la atención porque si bien España no tiene un rol destacado en la producción y venta de armas si tiene una función en la estrategia militar de la OTAN que le convierte en pieza del engranaje bélico de las grandes potencias de Occidente. Las bases estadounidenses en territorio español (incluyendo armamento atómico) y la presencia de España en las guerras en Libia y Afganistán difícilmente resultan compatibles con una vocación pacífica y poco o nada tienen que ver con los verdaderos intereses de la ciudadanía.

El 15M es sin duda una manifestación de espontaniedad en el más puro estilo. Resuma romanticismo, colorido y creatividad en contraste con el acartonamiento de las organizaciones políticas y sociales tradicionales (partidos, sindicatos, asociaciones empresariales, etc.) que resultan cada vez más insípidas y lejanas al ciudadano medio, cuando no abiertamente repulsivas como responsables de la atmósfera de incertidumbre e impotencia que se respira (más aún cuando se las asocia, no siempre con razón, a las manifestaciones de la corrupción galopante). En su carácter espontáneo encuentra el 15 M su fuerza inicial pero también el principio de su debilidad futura. La necesidad de la organización como requisito indispensable para que el movimiento alcance forma y funcionamiento permanentes y pueda generar un factor a considerar en la correlación de fuerzas sociales en conflicto es ya evidente. De no ser así, toda la iniciativa se diluye de la misma forma espontánea en que se originó. Dejará tras de si algunos sinsabores de lo que pudo haber sido y no fué pero servirá sin duda para elevar la conciencia ciudadana, esa que aprende en las batallas callejeras de algunos días más de lo que deja la tranquila experiencia de la participación indirecta por años.

Se impone la necesidad del factor organización; aparece de nuevo la inevitable burocratización (en el sentido exacto del término) como condición para dirigir y mantener el movimiento, para recoger y sistematizar el deseo de quienes lo conforman y sobre todo para negociar con el poder los cambios que se buscan. La asamblea como instrumento primordial de acción tiene sin duda alguna la enorme virtud de permitir una participación efectiva de la gente (siempre y cuando no esté presidida por la manipulación y el control de minorías) pero debe necesariamente complementarse con la delegación, con instancias organizativas. No se lleva una asamblea a la mesa de negociaciones. Si la burocracia como necesidad engrendra el riesgo de sacrifiar la democracia, de hurtar el poder a la ciudadanía que dice representar, los gestos espontáneos por si mismos, ni están exentos de peligros semejantes ni están en capacidad de reemplazar a la organización que asegura la eficacia.

Y ese debe ser uno de los problemas que deben resolver los acampados en las Plazas de España (y otros países) aunque emitan duras declaraciones en contra de toda forma de organización partidaria. Por otra parte, declarar que “no son de izquierda ni de derecha” podría comprenderse por el desprestigio general de la política pero supone desconocer que todas y cada una de sus actuales reivindicaciones han sido precisamente las banderas de lucha (por décadas) de revolucionarios, reformistas sinceros, ecologistas, pacifistas y demás iniciativas ciudadanas que se han entendido siempre como de izquierda. El “adanismo” (antes que yo no hubo nada) puede aceptarse como una expresión comprensible de gentes muy jóvenes, impacientes ante el panorama desolador de la izquierda actual en España (y podría decirse que en diversos grados, en toda Europa) pero significa desconocer la propia historia. Y a veces, tales ignorancias resultan de enorme crueldad. Haber expulsado por ejemplo, de la plaza de Sol, a un grupos de gentes mayores que portaban la bandera republicana es buena muestra de ello: muchos de aquellos ancianos y ancianas llevan varios años, cada semana, acudiendo a esa plaza (de enorme significado para los defensores de Madrid durante el asedio en la Guerra Civil), enarbolando la bandera tricolor de la II República como símbolo de la lucha por la democracia. Quienes les sacaron de la plaza de Sol seguramente ignoran que la democracia de la que hoy gozan y la que les permite la ocupación de aquel lugar es, entre otras cosas, resultado de la lucha valiente de los muchos que resistieron entonces al fascismo. Si esa bandera no les dice nada deberían mirar con más seriedad los acontecimientos históricos que representa. Seguramente aquellas batallas les darán muchas luces para los combates del presente.

El gobierno dejará seguramente que el movimiento se prolongue un par de semanas más, hasta que llegue el verano, con la esperanza de que el cansancio y las vacaciones estivales agoten energías y desvíen la atención del público. Mantenerse y ampliarse, conservando la actual espontaneidad en equilibrio con las necesarias formas de la organización, es al parecer el reto de este despertar colectivo, de esta nueva batalla por la democracia en España. Por otra parte, resulta por demás problemático exigir a la llamada “clase política” (tan bien personificada en la protesta por PP, el PSOE y los partidos burgueses del nacionalismo periférico) que sea ella misma la que realice las reformas. Si no es aconsejable esperar que el zorro cuide las gallinas ¿Cuál es entonces el camino? ¿De qué manera se puede alcanzar la democracia real con las reglas de juego y los protagonistas actuales?. Este es un reto de naturaleza política de grandes dimensiones, probablemente el mayor al que está sometido el movimiento 15 M.

Si el sistema admite las reformas (con esta u otra “clase política” en las instituciones) se impone encontrar los caminos y métodos que lleven a su realización. No basta indignarse por legítimo que sea, es obligatorio para quienes llaman al combate, no solo levantar en alto las banderas de la lucha social sino indicar los medios prácticos mediante los cuales esos objetivos se pueden alcanzar. No basta pues con tener razón; es indispensable saber cómo llegar a buen puerto. Ese es precisamente - hasta hoy y que se sepa- el papel de las vanguardias políticas: sintetizar las experiencias, recoger los reclamos, darles forma y sobre todo, saber de qué manera un colectivo social ha de movilizarse para generar una correlación de fuerzas que le permita hacer realidad sus sueños. Pero hoy como ayer, es el ariete el que rompe el muro.

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