jueves, 4 de agosto de 2011

OSLO (Artículo de Juan Diego García)



Probablemente lo más significativo de los atentados terroristas en Noruega sea el intento de limitar los acontecimientos a la responsabilidad de alguien que probablemente no está en sus cabales y además, sin conexión alguna con terceros. En el fondo, se trataría de desvincular los acontecimientos de realidades sociales y sobre todo políticas sin las cuales, en efecto, todo se reduciría a la actuación lamentable de un enfermo mental.

 
Resulta dudoso - por decir lo menos - que la preparación de los atentados haya sido la tarea de una sola persona. Varios testigos señalan la presencia de al menos otro participante en la matanza y se sugiere que Behring no pudo hacer solo la bomba. A cualquiera sorprende la declaración del jefe de la policía alegando falta de recursos para justificar la reacción tardía y torpe de las autoridades. Al parecer, los servicios de seguridad nada sospechaban de un individuo tan activo en los medios de la ultraderecha y en las campañas xenófobas, especialmente contra los árabes. No hay que olvidar que hasta hace poco el autor de la matanza estaba afiliado a las juventudes del mayor partido de la oposición, conocido por sus propuestas racistas que en poco difieren de las proclamas demenciales del señor Behring en su página de internet. Y se trata de segundo partido de Noruega y no de un grupúsculo de iluminados.

 
Los acontecimientos de Oslo no pueden entonces desvincularse ni de partidos y organizaciones de la derecha ni menos aún de la existencia de una base social nada desdeñable que participa del mismo ideario que llevó a este joven en apariencia inofensivo a detonar una potente bomba en el centro de la capital y ejecutar luego a sangre fría a 70 personas (mayoritariamente menores de edad). Y el asunto no solo afecta a Noruega sino en la misma medida al resto de Europa. Hay ultraderecha por doquier y no faltan fanáticos como Behring.


No debe sorprender entonces la declaración de tres europarlamentarios (dos italianos y uno francés) quienes se distancian de los asesinatos pero suscriben los ideales de Anders Behring, pues según ellos corresponden al sentimiento íntimo de millones de europeos. Y para no ser menos Jean Marie Le Pen entiende la masacre como el resultado inevitable de la política permisiva del gobierno socialdemócrata de Noruega frente a la inmigración. O sea, aplica la misma lógica perversa que descarga la responsabilidad de la violación en la mujer que “va provocando”.
 
Estos parlamentarios de la extrema derecha europea (que luego emiten la formal disculpa de rigor) ponen de manifiesto el problema de fondo: el fascismo contemporáneo ya no es tan solo la ideología que envenena la mente de un par de ilusos sino un discurso que convenientemente modernizado aparece junto a fenómenos ya conocidos: desmantelamiento progresivo de los derechos ciudadanos, deterioro creciente de las instituciones democráticas, agotamiento de la política porque deciden abierta y groseramente centros de poder a quienes nadie ha otorgado mandato alguno, militarización creciente de la vida cotidiana, fomento de la violencia en una atmósfera de darwinismo social alimentada por la ética utilitaria del “todo vale con tal de triunfar”, manipulación sistemática de la opinión pública, proliferación de guerras imperialistas justificadas como operaciones de extensión del orden y la civilización, y todo ello con el transfondo de una crisis económica general que ensombrece todos los pronósticos y desalienta al más optimista.

 
Las proclamas de Behring y su grupo no solo anidan en el seno del principal partido de la oposición de Noruega. De hecho son compartidas por decenas de grupos y partidos de la extrema derecha en todo el continente y en no pocas ocasiones sostenidas también (al menos parcialmente) por partidos llamados democráticos que ahora guardan un discreto silencio como si el asunto no fuera con ellos. A propósito, ¿Que opina el sionismo sobre los actos del señor Behring, paladín de sus propuestas y defensor acérrimo de la política de Israel? Y, ¿qué tienen qué decir Sarkozy, Berlusconi, Cameron y similares de la coincidencia ciertamente incómoda entre sus propuestas frente a la inmigración y el discurso xenófobo de Behring? ¿No resulta igualmente embarazoso para el Partido Popular español (y en particular para su ideólogo José María Aznar) que su discurso contra los inmigrantes y en favor de Israel coincida en espíritu con las propuestas demenciales del terrorista de Oslo?.

 
El señor Behring no ha hecho otra cosa que llevar hasta sus últimas consecuencias todo el rencor del discurso xenófobo y racista que legitima proceder hoy contra extranjeros y pobres como ayer se hizo contra judíos y otras minorías (los gitanos, por ejemplo). Este iluminado con cara de ángel de la muerte tan solo ha materializado el espíritu del mensaje anti marxista, anti socialista, anti racional y anti humanista que antaño justificó llenar los campos de concentración y exterminio primero de comunistas y luego de todo el que en opinión de las bestias pardas podía constituir un peligro para el “imperio de mil años”.

 
Más aún, se destacan paralelos -y no sin motivos suficientes- entre la masacre de Oslo y las actuaciones de la OTAN en la antigua Yugoeslavia, bombardeando población civil y tropas serbias rendidas y en retirada o hechos igualmente criminales en Palestina, Afganistán, Irak, Paquistán o Libia. ¿No existe acaso un vínculo necesario entre los actos criminales del señor Behring y las ejecuciones, bombardeos y otros crímenes de guerra que cometen las tropas occidentales y el sionismo en el curso de sus operaciones?. Ambos son los ejecutores de un programa de destrucción que formulan y elaboran políticos e ideólogos de la derecha (y frente al cual claudican no pocos de quienes que se tienen como demócratas). 

 
Behring resulta pues el brazo armado de las ideas que se crean y fomentan desde una derecha extrema que gobierna ya en algunos países de la Unión Europea y no deja de ganar terreno en el seno de las llamadas fuerzas políticas civilizadas y democráticas. En ellos recae sin duda la responsabilidad mayor pues son los autores intelectuales de tales crímenes. Unos porque son sus portavoces directos; otros porque terminan por hacer suyas tales políticas sin realizar una oposición en armonía con sus propias prédicas democrátricas. De ahí el empeño de limitar los sucesos de Oslo a la sola responsabilidad del señor Behring.

 
Resulta todo un síntoma de los tiempos que corren que la policía y los servicios de seguridad, tan acuciosos en el control del descontento popular, tan prestos a perseguir a las organizaciones de la izquierda, resulten sospechosamente inanes a la hora de controlar y combatir a la extrema derecha. Traen a la memoria épocas nefastas en las cuales se incubó y desarrolló el fascismo. En el fondo, actúan como si los actos criminales de los grupos de la extrema derecha tan solo fueran pecadillos menores, retozos de estos cachorros del fascismo moderno que a fin de cuentas están del lado correcto. 

 
¿Otra forma de avanzar en la “americanización” de Europa, supuestamente vacunada contra estos fenómenos luego de la dura experiencia de la Segunda Guerra?. ¿Se diferencia mucho la extrema derecha europea de sus homólogos estadounidenses ya incrustados en los partidos tradicionales y a la cabeza de millones de fanáticos que en ambos partidos (aunque con especial énfasis en el Republicano) no hacen más que dar carta de presentación social a los cientos de grupos del “poder blanco” que mantienen ejércitos privados y actúan en consecuencia, recordando que las prácticas del Ku Klux Klan continúan vigentes?.


Ni el incendio del Reichstag en 1933 (que permitió a Hitler establecer la dictadura nazi cuando solo contaba con un escaso 32% de representación parlamentaria) fué obra de los comunistas - como se demostró sobradamente en el juicio contra George Dimitrov -, ni la reciente masacre de Oslo ha sido realizada por terroristas islámicos tal como se apresuró a informar la gran prensa internacional tan solo minutos después del trágico acontecimiento. ¿Qué se buscaba con este atentado? ¿ha sido una acción precipitada e imprudente del fanático de Behring que procedió sin considerar las circunstancias, comprometiendo planes de más largo aliento?. ¿Quienes están detrás del terrorista noruego?. Esclarecer responsabilidades y proceder con la máxima energía es un gran reto no solo para el gobierno de Oslo sino un desafío clave para las fuerzas democráticas del Viejo Continente. El nuevo fascismo no es un mito ni una leyenda urbana; tampoco el resultado de la mente calenturienta de algunos fanáticos de las teorías conspirativas. Allí está el señor Anders Behring con su doloroso mensaje de muerte y violencia para confirmarlo.

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