sábado, 6 de febrero de 2021

Fernando Lorente Medina, un hombre bueno

Hoy tenemos un hombre bueno menos luchando por la vida. Nacerán otros y siempre habrá muchos de quienes podamos decir que son buenos, pero cada uno que falta es un golpe irrecuperable para toda la sociedad, para el pueblo, y sobre todo para todos los que le hayan conocido.

Nació  el 10 de abril de 1941 en Baeza, en aquel mundo burdo y oscuro del Frente de Juventudes, del franquismo triunfante, de curas y falangistas, salió joven de su Jaén natal. Nunca pudo parecer uno de ellos, nunca fue el suyo aquel mundo, por más que fuera un mundo único, obligado para todos los niños y los jóvenes de este malhadado y triste país en los años 40 y 50 del pasado siglo.
 
Fernando estudió bachiller en Santa Cruz de Mudela, después Magisterio y Filosofia y Letras en la Complutense. Fue de profesión nada menos que funcionario. Esto quiere decir que él creía en que ser funcionario, servir en la administración, era un importante oficio, era servir a la sociedad, servir a todos los ciudadanos para resolver problemas, organizar la mejor vida posible para aquel sector sobre el que debía trabajar en cada momento. Así, nunca creyó que el alto funcionario, como fue él durante media vida, era quien daba órdenes y hacía cumplir obligaciones a sus subordinados, sino quien para decidir, para organizar el trabajo, había de ponerse en la primera línea, junto a los vecinos a los que había que resolver tal o cual problema, junto a lo más difícil, nunca a lo más fácil.
 
Cuando trabajó al comenzar el actual sistema democrático dirigiendo los asuntos de juventud, bajaba a los barrios, se juntaba y hablaba con los vecinos en los lugares donde empezaba a circular la droga criminal. Entre gitanos jóvenes, entre expresos, entre gente sencilla que pretendía empezar a vivir en libertad y no sabían cómo. 
 
Cuando le pusieron al frente de una de las más importantes Confederaciones Hidrográficas no dudaba en medio de desastres, inundaciones catastróficas, pasar día y noche a pie de obra en donde el agua se había desbordado arrasando casas y pueblos enteros. Y cuando le marginaron, cuando le condenaron al ostracismo colocándole en un oscuro despacho en un apartado sótano durante años sin ninguna actividad en que pudiera dar vida a algo, resolver algún problema, pasó esos años dignamente sin pedir nada, ni dejarse humillar. Y a eso le condenaron gobiernos de unos y de otros. Probablemente sus jefes y los ministros pensaban que no era un hombre con un pensamiento de izquierdas sino que era un rojo peligroso. Cierto, cumplidor, cierto, siempre dentro de la ley, pero de ideas tan indomables que era evidente que allá donde se le pusiera sería un peligro para los de arriba.
 
Aún así no podían prescindir de su servicio, de su trabajo, y así fue dando de tumbo en tumba, que decía León Felipe, de un Ministerio a otro, hasta acabar en altas responsabilidades ecológicas, pasando también por aquel primer Ministerio de Igualdad de los años de principio de siglo, pero cuidándose mucho sus jefes de encargarle cuestiones que no le permitieran cambiar demasiado las cosas, dándole altas responsabilidades, pero como un imprescindible técnico de la organización funcionarial, donde resolviera muchos problemas pero no pudiera resultar demasiado peligroso.
 
Ya retirado se incorporó a donde él sabía que estaba el verdadero enemigo. Se incorporó a la lucha activa por la laicidad y la superación del omnímodo poder de la Iglesia Católica, desde donde colaboró en difundir todo nuestro común acervo republicano, laico, cívico, ese que durante doscientos años ha sido la antorcha que pretendía ponerse al frente de una sociedad cargada de dignidad, de respeto y tolerancia.
 
Era el más digno representante de esa izquierda radical, profundamente social, profundamente cívica, profundamente respetuosa, y por eso precisamente, profundamente insobornable. Era un extraordinario servidor público, y desde el servicio público un hombre íntegramente de izquierdas, profundamente radical y profundamente tolerante. Una difícil combinación de la que todos deberíamos aprender.
 
Juan Barceló 
Miembro de la Junta Directiva de AGE (Archivo Guerra y Exilio)

4 comentarios:

  1. Hermano, es de justicia decir al mundo quién eras y siempre estarás en el corazón de cuántos te han tenido. Con todo mi amor para tí.

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  2. Soy su mujer, la que le amó y conoció durante más de 60 años. No me parece que el que escribe conociera a mi marido Fernando. Hay frases que no corresponden ni con su pensamiento, ni con su actuación. ¿Izquierda radical?, pues no. Y falta la parte más maravillosa de su persona que fue la devoción por su familia. Cuando se jubiló dedicó su vida a su gran pasión, que fueron sus nietos. Y en absoluto se dedicó a la lista de acciones descritas en los últimos párrafos que parecen sacadas del "manual de un rojo". Ante todo fue un padre y un abuelo de tamaño descomunal.

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  3. Gracias, Pernas. En los ochenta años que le conocí siempre he conocido de él su faceta humanitaria, resolutiva, su integridad y honestidad. Comprometido con la justicia social, con la igualdad, con el medio ambiente... Siempre fue un referente para quienes estábamos cerca de él y muy molesto para el poder. También es justo reconocer que sus últimos años los dedicó con devoción a sus nietos que colmaron su vida. Le echo de menos y no dejaré de llorarle en el tiempo que viva. Su hermano Juan

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